De puño y letra, de periodista a periodista…

Por Javier Tisera

(Periodista y Amigo del fallecido Alejandro Andrín)

 

Con el negro Andrín no solo compartíamos a veces cátedra y mesas de exámenes; sino tragos y noches. Y en esto de las mixturas también las letras se complementaban. Muchas veces me pedía textos y otras tantas, le rogaba que me corrigiera relatos porque los mejoraba; les daba una sazón que sorprendía con su belleza. Por eso, para recordar su estilo; me siento a hacer una semblanza de esas que nos arrancaban risas o nos sorprendían por los datos.

 

Juntos por Cayetano

En un recreo en el Instituto N° 178, tomando una café descerrajó: “Me parece que es hora de escribir un libro. Ya tengo el tema: Cayetano Cavalli” y sacó una foto de un almuerzo en donde estaba Cavalli y al costado se lo veía a sus padres jóvenes.

Ese día, en ese festejo murió Cavalli de un paro cardiorrespiratorio. La foto fue sacada en el momento que la muerte recorría las mesas degustando su ataque artero en el momento los humanos estaban de festejo.

Y me pidió que me encargara del capítulo de la década del 50. Y, el libro desató revisionismos y descubrimientos de una ciudad a veces oculta, otras negada. El día que lo presentó. Estaba sentado en primera fila, con 90 años, el ingeniero Grasso y los familiares de Cavalli. Ese sábado, con el sol en su cénit, sacó a jugar una dialéctica y una praxis que le hizo entender a toda una ciudad lo que era un periodista en serio. Sentí que había acompañado una gran obra, como un albañil que contribuyó con los ladrillos bayos a un gran edificio.

 

Notas de calidad o Cachirulas

Una frase que lo caracterizó al Negro en las redacciones fue: “¿que tenemos, cantidad o calidad?” preguntaba con esa sonrisa que lo acompañaba hasta en las tormentas. Prefiero una buena nota y no dos o tres “cachirulas” (usaba este término como sinónimo de berretas). Y eso desataba conversaciones y debates que terminaban con nosotros, los caburés (lechuzas de la isla) hasta que cerrara el café de la Plaza con los “campari con sevená (SevenUp). A lo largo de nuestra vida educativa en periodismo, aunque la llamaran comunicación social para el desarrollo, nos propusimos un estándar: cada tres cachirulas; una de calidad. Aunque se nos olvidó decirles las reglas a los alumnos que se esforzaban para que todas fueran de calidad, aunque había notorias excepciones.

 

Los manjares de Amelia

En aquella época, ahora lo comprendo, mi vieja disimulaba nuestra humildad de manera que no lo notáramos. Y fue exitosa. Teníamos una piecita donde prolijamente guardaba latas de conservas para utilizar en las noches en que llegábamos con hambre y poco en la heladera. Entonces podía aparecer una lata de atún que acompañábamos con huevos duros. Y era exquisito.

Entonces ella buscó dinero: contó billetes y monedas. Y dijo vamos a El Trébol que quedaba a dos cuadras de casa. Era una pizzería. Por las noches cuando veníamos del trabajo pasábamos por entre las mesas distribuidas en la vereda y nos demorábamos a propósito buscando los exquisitos aromas que salían de la cocina. Luego seguíamos para nuestra casa. Pero esa noche hubo una Coca para cada uno, y maníes con cáscara y  también tostados que llamábamos Carlitos y dos porciones de muzarella, como Dios manda. Con mi hermano jugábamos a tirar las tapitas de cerveza a Avenida Savio para que los coches las aplastaran. La brisa fue disipando el humo de nuestro hogar y los miedos de la noche.

Entonces- después del incendio en nuestro baño- vi que mi vieja tenía una mano quemada que disimulaba con pasta dental que se había puesto. La vi cuando levantó el vaso de Coca y nos invitó a brindar ya no recuerdo bien porqué.

Hoy hace un año que murió.

Nunca podré terminar de agradecer tanta heredad.

 

Si le digo que anda el puma…

No vaya, me había dicho- escribió el negro- hacía un rato, que se va a equivocar de sendero y se va a perder o el puma le puede dar un susto. Dicho así, con la prudencia y la austeridad de los cumbreros sonaba inapelable.

Estaba en el aire y tuve unos inconvenientes pero quería pasar cerca del Champaquí. Cuando corregí el rumbo estaba fuera de la térmica, la tarde tenía una restitución muy suave pero ya el vuelo se terminaba. Así que había visto la casa de piedra y barro y techo de paja. Y vi algo más, lo confieso ahora: había un horno de barro entre la casa y el corral que echaba humito. También se veía una vertiente que se transformaba en una pequeña cascada entre el musgo y las piedras. Aterricé y dos perros mansos se vinieron. Al ratito salió Casiana. La que ahora terminaba de aconsejarme que no me metiera en la noche sin conocer esos senderos. Entonces  volvió a sentenciar: “soy mujer sola, usted duerme afuera. O en el galponcito de los aperos. Llévese esos cueros”.

En el horno había pan casero y ella preparaba un queso mixto de vaca y cabra. Un pan alto y crocante y salame serrano y vino de damajuana. Y la noche en los Comechingones tapiada de estrellas y el puma por ahí, lejos de todo y al acecho. Y en el silencio el chorro de la cascada entre las piedras. Y nada más. Y uno y su almita. Y el parapente que siempre te enseña a ser alguien sin creerte.