Manuel Peyrou, el nicoleño novelista de policiales y amigo de Borges

Por Javier Tisera

Periodismosn.com.ar

 

La ciudad tiene sus misterios, personajes que deambulan buscando su nombre y parajes olvidados. El oficio de redactor, entre otros menesteres humanos, es contar hechos e historias ocultas que; el tiempo, la humedad y la ignorancia intentan desterrar.

En algunas bibliotecas nicoleñas se ocultan las novelas policiales del nicoleño Manuel Peyrou que deslumbraron a escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares, como para nombrar algunos de aquella generación dorada.

Hace cinco años atrás la Editorial El Zorzal reeditó la obra literaria completa de Peyrou: los diez libros del escritor.

Pero Manuel Peyrou sigue siendo un eterno desconocido entre los nicoleños a pesar que nació en estas tierras un 23 de mayo de 1902 cuando su padre fue nombrado juez en la Departamental San Nicolás. La madre de Manuel, que llegó embarazada decidió dar a luz en nuestra ciudad. Y permanecieron entre nosotros hasta que regresaron a Capital Federal.

Era hijo de Antonio Peyrou, abogado (que se recibió en la misma promoción de Macedonio Fernández y de Adolfo Bioy Domecq, padre de Adolfo Bioy Casares), y de Julia Olascoaga.

Su abuelo fue el coronel Manuel José Olascoaga, uno de los organizadores de la Campaña del Desierto del general Julio A. Roca, pintor, dramaturgo, topógrafo, militar, revolucionario y fundador de Chos Malal y primer gobernador de Neuquén.

Durante su juventud trabajó en los ferrocarriles -entonces, ingleses- mientras maduraba su vocación literaria. Se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1925, pero nunca ejerció la abogacía.

Su amistad con Borges:

Conoció a Jorge Luis Borges en un bar alemán de la calle Corrientes en la década de 1920. Borges tenía 20 años y Manuel Peyrou dos años menos. Fue uno de sus más íntimos amigos. Peyrou, como Borges, tenía antepasados que habían protagonizado las campañas militares del siglo XIX; en la década de 1920, jóvenes los dos, se hicieron amigos y tiempo después el autor de Ficciones acercó a Peyrou a la revista Sur. Ambos publicaban sus libros en la Editorial Emecé.

Sus primeros libros de Manuel  fueron “La espada dormida”, colección de cuentos policiales publicados en 1944, y la novela “El estruendo de las rosas”, también de índole policial, publicada en 1948.

Fue Borges quien lo vinculó con la revista literaria Sur y le encargó la sección de crítica cinematográfica en “Los Anales de Buenos Aires”, revista que el autor de El Aleph dirigía y desde la que dio a conocer los primeros trabajos de escritores que, con el transcurrir del tiempo, llegaron a ser nombres significativos de la historia literaria argentina, entre ellos Julio Cortázar.

En 1935, con su cuento La noche incompleta, inició su colaboración en La Prensa, diario cuya redacción pasó a integrar poco después, primero como redactor y luego como editorialista e integrante del suplemento literario, función que cumplía al alcanzarlo la muerte. Mientras ejercía el periodismo, Peyrou siguió desarrollando una labor literaria merecedora de importantes reconocimientos.

Sus publicaciones y premios alcanzaron proyección nacional e internacional; aunque parece que eso no alcanzó para un lugar en la literatura nacional.

Su primer libro, “La espada dormida”, obtuvo un premio municipal; en 1953 y “La noche repetida”, una colección de cuentos; en 1957, “Las leyes del juego”, novela a la que se adjudicó el Tercer Premio Nacional de Literatura; en 1959,“El árbol de Judas”, colección de cuentos distinguidos con el premio Ricardo Rojas; en 1963,“Acto y ceniza”, una novela; en 1966, “Se vuelven contra nosotros”, obtiene el Segundo Premio Municipal; en 1967,“Marea de fervor”, una colección de cuentos; y en 1969, “El hijo rechazado”, otra de sus novelas, obtiene el Segundo Premio Nacional de Literatura y obtuvo la Medalla de Oro del Consejo del Escritor correspondiente al decenio 1951-1960.

Primer Premio en el Certamen Nacional de Cuentos que organizó, en 1956, la Dirección General de Cultura por su cuento “La desconocida”.

El relato de detectives, especie literaria que cultivó durante su primera etapa de escritor, fue el género en el que produjo excelentes páginas.

Cuentos Policiales:

 

Los cuentos policiales de Peyrou figuran en varias antologías argentinas y extranjeras. Entre las últimas, pueden citarse: “Los más bellos cuentos del mundo”, editada en Madrid por el Reader’s Digest, y la “Antología de escritores argentinos”, publicada en 1970, en Grecia, por Jorge Humuziadis. Asimismo, su novela “El estruendo de las rosas” fue traducida al inglés, editada por Herder and Herder, de los Estados Unidos, que también incluyó su cuento “Julieta y el mago” en una antología de cuentos hispanoamericanos.

Héctor María Monacci, docente en la UBA, especialista en la obra de Peyrou, destaca tres aspectos sobresalientes de la obra del escritor. “El primero, su participación en la consolidación del género policial argentino; en segundo lugar, su papel de cuentista de costumbres y fantástico, injustamente poco mencionado y quizás escondido detrás de la primacía de su gran amigo Borges, y luego su condición de novelista de la Buenos Aires del primer peronismo y los años posteriores, gracias a la cual integra una lista selecta de escritores netamente porteños y de marcado realismo –dice Monacci–. En los tres terrenos brilla porque es un gran escritor, con dominio notable del estilo, del manejo de las tramas, de la pintura de personajes”

Después de haber incursionado con éxito en el relato policial, enfrentó la difícil empresa de la narración psicológica y testimonial. Preocupado por la realidad política del país y por la decadencia de las costumbres, registró en sus novelas, sin ninguna complacencia, las formas negativas del devenir político argentino.

El escritor y académico Antonio Requeni fue compañero de Peyrou en la redacción del diario La Prensa. “Era un hombre muy serio y reservado –cuenta–. Amigo de Borges, cenaba con él a menudo en el comedor del diario. Me tocó escribir su necrológica y hablé, junto con Borges, para despedir sus restos en la Chacarita. Fue un excelente autor de novelas policiales; “La espada dormida” y “El estruendo de las rosas”, además de tener hermosos títulos, son muy buenos ejemplos del género. Algunos cuentos de “La noche repetida” están para mí entre los mejores escritos en la Argentina”.

“Las leyes del juego”, “Acto y ceniza” y “El hijo rechazado” son buenos ejemplos de dicha intención. Como con reminiscencias de Balzac, lo social y económico se destaca en las peripecias de sus criaturas. Es que Peyrou, después de haber practicado el juego de lo policial y lo fantástico, que lo aproximaba al orbe literario de Borges, se interesó por los conflictos de las psicologías sociales para abordar a través de ellos la novela de testimonio y denuncia.

Manuel Peyrou integró la edad dorada de la literatura argentina y, mediante su labor como escritor y periodista, impulsó el desarrollo del género policial en el país; escribió relatos y novelas donde las pasiones amorosas de los personajes se entrecruzan con otras bien terrenales; denunció los abusos de poder en años del primer gobierno peronista y la violencia política durante la proscripción; escribió varios cuentos policiales y fantásticos “perfectos” y se consagró como un narrador porteño, por la elección de personajes, temas y escenarios. No obstante, Manuel Peyrou es un escritor casi olvidado del canon literario local.

Existe otro rasgo de su personalidad literaria -y también humana- que no es posible soslayar a la hora de leer sus textos: su amor por Buenos Aires. Este admirador de la literatura inglesa gustaba describir en su obra cosas y hechos de esa ciudad, sobre todo la zona del centro, de la que era un permanente y encariñado caminador.

La admiración de Borges:

“Manuel Peyrou, no solo por haber sido un excelente escritor, fue y es uno de nuestros mejores hombres. Su pasión fue la amistad. En cuanto a mí, él me ha ayudado muchas veces, me ha tolerado, sin duda, y siempre con una íntima cortesía”. Con estas y otras palabras, el 2 de enero de 1974, Jorge Luis Borges despidió en el cementerio de Chacarita a uno de sus amigos más cercanos y queridos, a quien había conocido casi 55 años antes y a quien antes de morir le dedicó este poema:

 

Suyo fue el ejercicio generoso

De la amistad genial. Era el hermano

A quien podemos, en la hora adversa,

Confiarle todo o, sin decirle nada,

Dejarle adivinar lo que no quiere

Confesar el orgullo. Agradecía

La variedad del orbe, los enigmas

De la curiosa condición humana,

El azul del tabaco pensativo,

Los diálogos que lindan con el alba,

El ajedrez heráldico y abstracto,

Los arabescos del azar, los gratos

Sabores de las frutas y las aves,

El café insomne y el propicio vino

Que conmemora y une. Un verso de Hugo

Podía arrebatarlo. Yo lo he visto.

La nostalgia fue un hábito de su alma.

Le placía vivir en lo perdido,

En la mitología cuchillera

De una esquina del Sur o de Palermo

O en tierras que a los ojos de su carne

Fueron vedadas: la madura Francia

Y América del rifle y de la aurora.

En la vasta mañana se entregaba

A la invención de fábulas que el tiempo

No dejará caer y que conjugan

Aquella valentía que hemos sido

Y el amargo sabor de lo presente.

Luego fue declinando y apagándose.

Esta página no es una elegía.

No dije ni las lágrimas ni el mármol

Que prescriben los cánones retóricos.

Atardece en los vidrios. Llanamente

Hemos hablado de un querido amigo

Que no puede morir. Que no se ha muerto.