Sebastián Tissera Tissera y Rubén Sosa son dos nicoleños que acaban de protagonizar un hecho histórico: escalar la cima del Aconcagua, la montaña más alta del continente americano. Ellos son amigos y compañeros de montaña, alcanzando este hito tras una expedición realizada de manera totalmente autónoma. La travesía, iniciada a mediados de enero, combinó planificación, esfuerzo físico y una profunda experiencia de conexión con la montaña.
Sebastián Tissera (arquitecto y artista) y Rubén Sosa (ingeniero y docente) se conocen desde la infancia, hace más de 40 años. A lo largo de ese tiempo compartieron innumerables aventuras, entre ellas varias expediciones de montaña. Esta vez, el desafío fue mayor: el Aconcagua, el pico más alto de América. Ambos son nicoleños, aunque Rubén reside desde hace varios años en la ciudad de Bariloche donde ejerce como vicedirector del Instituto Balseiro.
Ascender hasta los 6.962 metros disfrutando la montaña, trasladarse de forma autónoma, sin guías, autogestionando toda la expedición y recorrer la denominada “ruta 360” fueron los objetivos planteados. Se trata de un recorrido exigente de más de 100 kilómetros que rodea el cerro y demanda una planificación precisa.
La expedición comenzó el 17 de enero, cuando a las 9 de la mañana les firmaron los permisos de ingreso al Parque Provincial Aconcagua. Con mochilas que superaban los 36 kilos, cargadas con equipo técnico, provisiones y expectativas; iniciaron la marcha bordeando el río de las Vacas, rumbo norte, recorriendo unos 13 kilómetros hasta el primer campamento, Pampa de Leñas, a 2.800 msnm.
Al día siguiente caminaron 15 kilómetros hasta Casa de Piedra, a 3.240 metros, y en la tercera jornada tomaron rumbo este hacia el campo base Plaza Argentina, ubicado a 4.200 metros, donde permanecieron dos noches para descansar y favorecer la aclimatación.
En el quinto día trasladaron equipo hacia Campo 1 y realizaron el control médico obligatorio, que evaluó su estado físico y adaptación a la altura. Todo avanzaba según lo planificado y las condiciones climáticas acompañaban. El sexto día los encontró a 5.000 metros, con el itinerario rumbo a Campo 2 Guanacos (5.500 m) y luego Campo 3 Cólera (6.000 m), desde donde intentarían la cumbre. El frío y el viento comenzaban a sentirse con mayor intensidad.
La ventana de cumbre estaba prevista para el día 11 de la expedición. Entre el 24 y el 26 de enero se pronosticaban tormentas que podrían alcanzar intensidad de temporal desde el noroeste. Intentar la cumbre en esas condiciones resultaba extremadamente arriesgado, debido a las posibilidades de desorientación y congelamiento rápido, con alertas de fuertes ráfagas de viento, especialmente para el domingo 25.


El pronóstico indicaba que el martes 27 de enero sería el día más estable. Los vientos tenderían a disminuir su intensidad, reduciendo el factor de congelación, uno de los mayores peligros en zonas como la Canaleta y el Filo del Guanaco antes de llegar a la cumbre.
En la madrugada del martes iniciaron el intento de cumbre antes del amanecer, con temperaturas bajo cero. Tras varias horas de esfuerzo sostenido, descansos breves y concentración constante, alcanzaron la cima del cerro Aconcagua, el pico más alto del mundo fuera de Asia.
Cuando en el caminar se pone el cuerpo, la mente y el espíritu, la montaña se mete en el alma. No se trata solo de un desafío físico, sino también mental y espiritual. La montaña exige escuchar al cuerpo, actuar con respeto y humildad. Si esas condiciones no se cumplen, el desenlace puede ser fatal.

Alcanzar la cumbre fue un momento intenso, pero no el final del camino. Luego del logro, Sebastián y Rubén iniciaron el descenso hacia el campamento base Plaza de Mula y, desde allí, hacia Horcones, el otro ingreso al Parque por la ruta Normal.
Volver también forma parte de la expedición: requiere atención, energía y el mismo respeto que el ascenso. En la montaña no todo termina en la cima; lo verdaderamente importante es poder regresar, reencontrarse con los afectos y volver a casa con la experiencia vivida. Esa es, finalmente, la meta que da sentido a cada paso.