Del Aconcagua al Everest: el médico de La Emilia que está en el techo del mundo

Bernabé Abramor salió de La Emilia, el pequeño pueblo bonaerense que forma parte del Partido de San Nicolás. Se enamoró de la montaña en Mendoza y hoy trabaja a 5.364 metros de altura en el campamento base del Everest. Entre Sherpas, tormentas y rescates, la historia de un argentino que salva vidas en lo más alto del planeta.

Por:Juan Manuel Lucero

Periodista

La primera vez que Bernabé Abramor intentó subir el Aconcagua todavía estaba terminando su especialidad en terapia intensiva. Había estudiado Medicina en Rosario, se había formado en el Hospital Italiano y venía de una vida completamente distinta a la que terminaría construyendo años después entre glaciares, rescates y campamentos de altura.

Hasta entonces, la montaña era apenas una inquietud personal. Una experiencia pendiente. Algo que parecía lejano para aquel joven nacido en La Emilia, un pequeño pueblo bonaerense ubicado al norte de la provincia de Buenos Aires, cerca de Rosario. Sin embargo, aquella expedición en Mendoza terminó modificando el rumbo de su vida.

«Intenté escalar el Aconcagua y ahí conocí el servicio médico. Me interesó muchísimo seguir trabajando en ese ámbito», recuerda hoy desde Nepal, instalado en el campo base del Everest.

Lo que vino después no fue inmediato ni sencillo. Primero trabajó armando campamentos en altura y ocupándose de tareas logísticas. Más tarde pasó por la cocina de expediciones y recién tiempo después pudo incorporarse formalmente al equipo sanitario. Empezó como médico de guardia y, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en uno de los referentes argentinos de la medicina de montaña.

Bernabé es médico en el campamento base del Everest y asiste a quienes quieren conocer «el techo del mundo».

 

Actualmente dirige junto a Roxana Ponce la empresa Extreme Medicine, que desde hace varias temporadas presta servicios médicos en el Aconcagua con un equipo integrado por más de 35 profesionales.

En ese recorrido, Bernabé fue construyendo una certeza que hoy repite con orgullo cada vez que habla de Mendoza: «el campamento médico más elevado del mundo está en el Aconcagua». Y fue precisamente esa experiencia la que terminó abriéndole las puertas del Himalaya.

Durante años recibió propuestas para trabajar en expediciones internacionales, aunque distintas circunstancias impidieron que se concretaran. «Una de las posibilidades más firmes apareció en 2020, pero la pandemia terminó cancelándolo todo. Parecía que el Everest seguiría siendo un sueño lejano», contó en diálogo con el Post, hasta que, el año pasado, recibió un llamado inesperado.

La propuesta llegó de parte de Lukas Furtenbach, fundador de Furtenbach Adventures, una de las compañías más reconocidas del mundo en expediciones de altura. Querían que el argentino formara parte del equipo médico en el Everest.

El equipamiento de Bernabé para su estadía en el Himalaya.

 

En un principio el trabajo iba a desarrollarse sobre la cara norte de la montaña, en territorio tibetano. Sin embargo, el cierre de accesos por parte de China obligó a modificar toda la logística y trasladar la expedición hacia Nepal. Lejos de frustrarse otra vez, Bernabé aceptó el cambio sin dudarlo y emprendió finalmente el viaje hacia el Himalaya.

El ingreso al campo base no fue en helicóptero ni mediante accesos rápidos. Como ocurre con la mayoría de los montañistas experimentados, realizó el tradicional trekking de aproximación que atraviesa aldeas nepalesas, senderos de altura y antiguos caminos Sherpas durante más de una semana.

La caminata no solo representa una experiencia visual impactante, rodeada de algunas de las montañas más famosas del planeta, sino también una necesidad fisiológica indispensable. «Cada jornada implica ganar entre 400 y 500 metros de altura para permitir que el cuerpo se adapte progresivamente a la falta de oxígeno», reveló.

«Ese trekking es increíble. Además de los paisajes, sirve muchísimo para aclimatarse. Llegar directamente a más de 5.300 metros sería imposible», explica.

Hoy, instalado a 5.364 metros sobre el nivel del mar, Bernabé coordina un sistema médico que funciona prácticamente como un hospital de alta complejidad en medio del hielo. En el campamento reciben escaladores con distintas patologías asociadas a la altura, lesiones traumáticas, cuadros respiratorios y complicaciones derivadas de las condiciones extremas del Everest.

Cuando la situación lo requiere, los pacientes son estabilizados y evacuados en helicóptero hacia Katmandú.

Pero el trabajo médico no se limita únicamente a las emergencias. Gran parte de la tarea consiste en monitorear diariamente el estado físico de cada integrante de las expediciones. Saturación de oxígeno, frecuencia cardíaca, calidad del sueño y adaptación fisiológica forman parte de los controles permanentes que determinan quién puede continuar ascendiendo y quién necesita descender para evitar riesgos mayores.

«Es un trabajo de gestión del riesgo. A veces tenemos que tomar decisiones difíciles y decirle a alguien que no puede seguir subiendo. La prioridad siempre es la salud», explica.

Bernabé en los hielos del Himalaya.

 

En la expedición también participan otros latinoamericanos. Entre ellos se encuentran las cocineras argentinas Guillermina Pascual y Luz Jiménez, además del guía Matoco Erroz. A ellos se suman los ecuatorianos Karl Egloff, que intentará un récord de velocidad sin oxígeno en el Everest, y Nico Miranda.

En otra montaña del Himalaya también trabaja una colega argentina: Catalina Giusti, instalada actualmente en el Makalu.

La cima del Monte Makalu está a 8.463 msnm y es otra de las montañas más elevadas del planeta.

 

Sin embargo, más allá de las expediciones internacionales y de la complejidad del trabajo médico, hay una experiencia que Bernabé describe como uno de los momentos más importantes de su carrera: convivir con los Sherpas.

Desde hace años observa las adaptaciones genéticas de estas comunidades himalayas, capaces de desenvolverse en altura extrema con una eficiencia fisiológica única en el mundo. Haber pasado de los libros y estudios científicos al contacto cotidiano con ellos terminó convirtiéndose en algo profundamente movilizador.

«Llevo más de diez años estudiando a las comunidades Sherpas y hoy poder compartir el trabajo diario con ellos es cumplir un sueño», cuenta.

Actualmente el equipo médico también brinda cobertura a unos 70 Sherpas que forman parte de la expedición. El vínculo cotidiano con ellos le permitió conocer de cerca una cultura atravesada por la montaña, el esfuerzo físico y una relación con la altura difícil de comprender para quien nunca estuvo allí.

Entre hielos y montañas, Abramor ejerce su profesión.

 

Mientras tanto, afuera de la carpa médica, el Everest sigue mostrando su costado más hostil. El viento golpea constantemente las estructuras del campamento, las temperaturas extremas exigen vigilancia permanente y la radiación solar puede provocar lesiones severas en cuestión de horas.

En ese contexto, Bernabé pasa sus días entre controles médicos, evaluaciones de riesgo y decisiones que muchas veces definen si una persona puede continuar o no hacia la cumbre más alta del planeta.

El Everest, la casa del médico que viajó a Mendoza y se enamoró de la montaña.

Y aunque hoy trabaja en el Everest, en medio de una de las geografías más imponentes del mundo, cada vez que repasa su historia vuelve inevitablemente al mismo lugar: Mendoza, el Aconcagua y aquel primer contacto con la medicina de montaña que terminó cambiándole la vida para siempre.