Un equipo que no sabe cómo ganar sin hacer sufrir a todo un país. Fue un partido muy mal jugado, pero en el que aparecieron los nueve cuando todo apuntaba a los penales. El miércoles contra Inglaterra, nada menos.
Enviado especial a Kansas City
Nadie le iba a decir a Lionel Messi cuándo hacer su despedida. Nadie le iba a quitar al fútbol la posibilidad de tener al mejor por dos partidos más en su último Mundial. No pudieron los heroicos caboverdianos, tampoco los temibles egipcios, pues no lo harían los neutrales suizos, esta vez con el apoyo de una gran oleada anti Selección que se generó por estos días. Casi una cuestión de respeto de rangos, como la frase que popularizó Rodrigo De Paul hace algunos años. Fue 3 a 1 en el tiempo extra de Kansas City para meterse en las semifinales del miércoles en Atlanta.
Se ve que Argentina tiene algo más que dulce de leche, biromes y un gobierno que la desprecia. Por lo pronto, acá bien lejos, en Missouri, tiene un equipazo que la viene dejando en lo más alto desde hace rato. Un grupo de amigos formados en clubes de barrio a pura gambeta y picardía rioplatense. Orgullosos de sus orígenes: meta mate, truco y asado todos los benditos días desde hace más de un mes (la parrillada es antes de los partidos, tampoco la pavada), aunque insuficientes como para saciar al animal competitivo que llevan dentro. A base de chapa y corazón, sin el brillo de otras versiones, están a un paso de igualar las dos finales consecutivas de la Selección de Diego y Bilardo, a otro más de lograr lo supuestamente imposible y, como dice la canción, vengar la Copa que le robaron al 10.
Y se viene Inglaterra, nada menos. Un capítulo más de una historia larga, aunque nunca en instancias tan avanzadas. Otra final de las anticipadas, a pesar de la floja historia mundialista de los Tres Leones. Qué justo el apodo del equipo, con lo bajo que viene cotizando últimamente en Argentina el rey de la selva. La cita del miércoles será inigualable en lo sentimental, incluso de llegar a la final. Un día antes se definirá en Dallas el primer finalista entre Francia y España. La revancha de Qatar (y tercer enfrentamiento mundialista seguido) o la Finalíssima, promesa eterna.
En Kansas City se sentó el tono de esta Selección a partir del ya lejano 3 a 0 contra Argelia: todos para Messi y Messi para el gol. Esta vez fue el capitán para Alexis Mac Allister. Córner del rosarino y el pampeano, con su humilde 1,76 metro le ganó de cabeza a un elenco suizo cuyas piezas no bajaban ninguna del 1,81. Justo en el día en el que igualó la marca del Vasco Olarticoechea y Mario Zagallo al alcanzar los 12 partidos sin perder en Mundiales.
La ventaja tempranera le permitió a la Argentina nunca pisar el acelerador y jugar a cuidarla ante un rival aparentemente inofensivo, más neutral que nunca. Hay que decirlo: fue de los peores partidos que se recuerden de este equipo. Quizá cansado, seguramente apagado. En el segundo tiempo, otro desborde, otra floja respuesta de Dibu y otro gol en contra. De nuevo los fantasmas. Un poco descubiertos al rato como hombres con sábanas gracias a la doble amarilla para Embolo por simular.
El tiempo extra fue una consecuencia justa dado lo hecho por ambos, en sintonía con la pedagogía del sufrimiento que viene ejercitando la Selección. Tanta es la diferencia de jerarquía entre los campeones y sus rivales, que hasta algún malpensado creerá que estos tipos lo hacen a propósito. No había ideas, Messi no se prendía, Scaloni probó cambiar a medio mundo. Y la pegó, pero dejando a Julián Álvarez en cancha. Qué golazo, hermano. Minutos después le tocó a Lautaro. Qué momento para aparecer. Bienvenidos goleadores, los estábamos esperando.