A pesar de algunas sorpresas, la Copa llegó a su desenlace respetando al pie de la letra todo lo que se esperaba y con la Selección y Messi como sus grandes protagonistas.
Como a la fuerza bruta siempre le hace falta algo de sentido moral para justificarse, los estadounidenses se inventaron hace mucho tiempo una especie de mandato divino. Primero para lo que fue su expansión territorial a mediados del 1800 y en los siglos siguientes, para su intervención extranjera en cuanto continente se les ocurra. “Destino manifiesto” le pusieron de nombre a semejante concepto -le puso, en realidad, un periodista-, uno que está en ejercicio constante dado su imparable accionar imperialista. Y en esta tierra donde nada tiene disimulo, donde todo es obvio, el Mundial no iba a ser la excepción. Pasó lo que tenía que pasar, lo predestinado: Argentina y España en la final.
Las señales estaban ahí, al alcance de todos, manifiestas. La Finalísima que nunca se llevó a cabo, el último tango de Lionel Messi teniendo su gran capítulo de cierre, la posibilidad de Lamine Yamal de destronar a quien lo bañaba en esa foto que se repetirá hasta el hartazgo por estos días, o Lionel Scaloni enfrentando a uno de sus maestros, Luis De la Fuente.
El destino, en tanto, se develó como divino a medida que la Selección avanzaba. Un equipazo sobre el que ya se escucha cada vez más que es el mejor de la historia (no solo argentina, de todos los Mundiales), protagonizando una gesta emotiva tras otra. Un camino repleto de sufrimiento -para mayor placer- en el que en ningún partido de la segunda fase llegó con ventaja a los 90 minutos: fue a tiempo extra contra Cabo Verde y Suiza, lo ganó a los 92 contra Egipto e Inglaterra. Cuesta no agregarle una cuota de divinidad a semejante seguidilla en tan poco tiempo. O de magia, mística, espiritualidad, algo que exceda al mero deporte. Eso que lo vuelve tan atractivo.
Lo cierto, de todas maneras, seguramente sea que la Selección está alcanzando un nivel mental durante los últimos minutos de los partidos al que solo acceden los mejores. Algunos lo comparan con el de la reciente hegemonía de Federer, Nadal o Djokovic, quienes podían perder un set de arranque pero cuando las papas quemaban, su victoria era inevitable. Otros con Michael Jordan en los Chicago Bulls o, más acá en el tiempo, Stephen Curry en los Warriors. “Asesinos” en los momentos clave de los juegos. Pero en el caso de la Selección, se trata además de una elevación colectiva. Liderada por Messi por supuesto, pero con todos haciendo su tarea a la perfección en el lugar indicado, en el momento justo. Del primero al último. De no creerlo, basta observar a Gonzalo Montiel en toda la jugada del segundo gol contra los ingleses.
Lo del destino manifiesto de este Mundial no se reduce a los finalistas. La superioridad habitual de España sobre Francia se respetó en una semifinal a la cual llegaban mejor los galos y terminaron siendo superados como nunca. Un baile sin goleada. En la de Argentina e Inglaterra, la cosa se mantuvo tan al pie del libreto que les permitió a los europeos ilusionarse con el triunfo hasta bien cerquita del final para que se les escurra como arena en manos del pirata, fiel a su historia mundialista.
También estaban escritas la salida de México en octavos de final y la imposibilidad de que un DT extranjero sea campeón (el alemán Tuchel en Inglaterra, el italiano Ancelotti en Brasil), como la condena a no rebelarse de los eternos aspirantes a revelación: Japón, Bélgica o el mismo Estados Unidos, esta vez ilusionado como nunca y goleado como pocas veces, con intervención de Trump incluida.