Otra oportunidad perdida: España, sus referentes políticos, culturales, su Rey, deberían haber frenado esta estúpida ola de críticas hacia la Argentina, absurdas, inaceptables. En la euforia de un triunfo en el Mundial, los argentinos fuimos tratados de racistas y el resultado del partido hasta llegó a ser presentado de modo ofensivo, como la victoria de la supuesta superioridad moral de una nación sobre otra.
Prefirieron refrendarla o callar los dirigentes españoles que debieron frenar esa ola, recordando que estamos unidos por historia y cultura, que este país lo poblaron los españoles, antes y después de su independencia.
Que, en la posguerra, la Argentina fue solidaria con ellos. Incondicionalmente solidaria. Que tenemos vínculos comerciales, pero que no solo intercambiamos productos sino también población.
¿Es posible que permitan que el fútbol avance sobre todo eso? Es lamentable ver cómo España desperdicia eso que hoy llaman soft power.
Y digo otra oportunidad perdida porque la historia se repite.
No es cierto que la Revolución de Mayo se inspiró en la Revolución Francesa. Esa es una lectura posterior, interesada. Buenos Aires, Caracas o Santiago de Chile no buscaban romper definitivamente con España sino autogobernarse.
Pero Fernando VII, el necio, creyó poder dar marcha atrás y envió sus tropas para someter a los rebeldes. La independencia se declara en 1816 precisamente por eso, porque los españoles se negaron a contemporizar con esa situación y edificar nuevos vínculos sobre otras bases.

De hecho, es lo que les propuso el mismísimo José de San Martín en junio de 1821 cuando, como Protector del Perú, se entrevista personalmente con el Virrey José de la Serna. El Libertador estaba incluso dispuesto a instaurar una monarquía constitucional en Perú con un príncipe español en el trono, a condición de que España reconociera la independencia del Perú, de Chile y del Río de la Plata.
Dirigiéndose a La Serna, San Martín dijo: “Los comisarios de V.E. entendiéndose lealmente con los míos, han arribado a convenir que la Independencia del Perú no es inconciliable con los más grandes intereses de España y que al ceder a la opinión declarada de los pueblos de América contra toda dominación extraña, harían a su patria un señalado servicio si fraternizando con un sentimiento indomable evitan una guerra inútil y abren las puertas a una reconciliación decorosa. Y que servirán mejor a la humanidad y a su país si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas y la concordia permanente entre hombres de la misma raza que hablan la misma lengua y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres”.
Queda claro así por qué los países hispanoamericanos surgidos de la colonización española no formamos con España una mancomunidad como la que tiene el Reino Unido con sus antiguas posesiones.

El Virrey se mostró personalmente entusiasmado, sin embargo las negociaciones se frustraron. Lo explicó Tomás Guido, amigo personal de San Martín, que en aquella ocasión actuó como su delegado en las negociaciones: “El reconocimiento de la independencia del Perú por el Virrey de la Serna y la unión de ambos ejércitos para defenderla y consolidarla era la base de las pretensiones del general San Martín, y en ella convino al momento el general La Serna y cuantos jefes le acompañaban. (…) Todo quedó convenido y la más estrecha y fraternal confianza sucedió a la cautela con que unos y otros iniciamos la conferencia. En aquel día acabó la guerra del Perú (…). Pero apenas se impuso de lo sucedido el general (Gerónimo) Valdés, cuyo carácter impetuoso y osado se sobreponía a los demás, se resistió decisivamente a la realización del plan y amenazó a La Serna con la oposición del Ejército. (…) …reducidos los resortes de poder de La Serna, [éste] descendió a la humillación de suscribir a las ideas de Valdés. Así de un golpe fue deshecha la obra de la prudencia y de la justicia”.
Falta un detalle esencial en este relato: el general Valdés era un masón de alto grado.
La oposición a esta negociación vino de Londres, a través de la masonería; y a la larga del propio Fernando VII que, por quererlo todo, se quedó sin nada.
Pero la necedad de los Borbones venía de lejos.
En mayo de 1810, cuando los patriotas rioplatenses forman el primer gobierno criollo, lo hacen jurando lealtad a Fernando VII. Ríos de tinta han corrido sobre lo que algunos historiadores llamaron la Máscara de Fernando, dando a entender que se trató tan solo de una estratagema para suavizar la reacción española y disimular sus verdaderas intenciones.

Es posible que algunos de los protagonistas de Mayo ya tuvieran en la cabeza la idea de la independencia —varios de ellos eran agentes de intereses ajenos, mayormente ingleses y portugueses—, pero para la mayoría, lo de Fernando no era una máscara sino fruto de la doctrina imperante, formulada por el teólogo y filósofo Francisco Suárez, que afirmaba que Dios no otorga la soberanía de forma directa al Rey sino a través de la comunidad, del pueblo. Éste es el verdadero depositario del poder político por derecho natural y decide transferirlo libremente al gobernante.
Es con fundamento en esa doctrina que, cuando el Rey fue obligado a abdicar y hecho prisionero por Napoleón, sus súbditos españoles reasumieron el poder a través de la creación de juntas de gobierno. Y los americanos hicieron lo mismo. En ausencia del Rey, la soberanía volvía al pueblo.
Pero cuando Fernando VII recupera el trono, pretende retrogradar la situación a 1810 por la fuerza. Qué distinta habría sido la historia si el Rey hubiera reconocido la autonomía hispanoamericana y negociado nuevas condiciones para sus vínculos económicos y políticos…
El absolutismo de los Borbones, que ya había generado malestar a mediados del siglo XVIII con reformas tendientes a profundizar su dominio económico y político en América, los encegueció también en 1810 y le hizo perder a España una gran oportunidad.
Hoy, claramente, ya no se trata de que nos manden un príncipe, pero sí de ahondar en lo que nos une.
Pensemos en la tristemente célebre leyenda negra sobre la conquista española, que tantas usinas culturales difunden con entusiasmo. Pues bien, el historiador que en la actualidad más contradice esa leyenda y que ha escrito ya cuatro bestsellers para defender el legado de España en América se llama Marcelo Gullo y es argentino, señores, y es quien está poniendo las cosas en su lugar, contando la verdadera historia de cómo España civilizó este continente, le dio forma y dejó una huella perdurable. ¿No les dice eso algo sobre lo que verdaderamente importa entre España y Argentina?

En vez de ahondar en esos lazos, permiten que una sarta de tontos —o de vivos—, periodistas, actores e altri, se turnen para decir zonceras.
Si callan por prejuicio ideológico, por temor a beneficiar a tal o tal partido, es un error. Esta administración —como todas—pasará, pero la Argentina quedará. Las opciones internacionales del actual gobierno no tienen que ver con la tradición ni la idiosincrasia del pueblo argentino, que siempre tendió a la apertura al mundo, a llevarse bien con todos los países con los que sea posible llevarse bien. Con todos.
Qué oportunidad dejó pasar España, oportunidad de confirmar lazos que con los argentinos sólo pueden ser de amistad, reconocimiento y respeto mutuos.
Nuevamente, es doloroso, triste, que ningún responsable político, de ningún partido, haya hablado de los vínculos que unen a la Argentina con España. Tenemos el mismo idioma, la misma fe fundante y una historia compartida.
No debe el fútbol destruir esa unidad de cultura.
